Berlín 3

Lo gris y los colores

¿Cuánta gente de la que crucé por la calle vivió entre los escombros de su propia vida en el ’45? ¿Quién quedó del lado este en el ‘61? ¿Y del lado oeste? Hasta hace veinte años una de las esquinas hoy más imponentes del mundo era una locación gris, poblada con los restos de una guerra desparramados en tierra de nadie. Hoy ese lugar es una de las locaciones más modernas que existen. El cambio sucedió en menos de diez años.

En un mismo lugar, en un mismo siglo, es casi imposible entender cómo hay espacio para tanta cosa. Lo hay. Eso es Berlín. Una ciudad fantástica e incomprensible, con una capacidad igualmente grande para construirse, destruirse, reconstruirse. Han pasado demasiadas cosas, la mayoría de las cuales están vivas, son historia que se ve y camina por las calles.

Los hijos de Nina, de quince y diez años, lo estudian en la escuela y no entienden. Le preguntan a su mamá cómo pudo ser que durante veintiocho años el barrio de al lado haya sido el país de al lado, que para ir de a un lado al otro se necesitase visa, y para ir del otro a uno lo cobrasen con la vida. Nina les habla y lo transmite como sólo puede hacerlo aquel que lo vivió. Habla de Berlín Este como de un mundo en blanco y negro, mientras a pocos metros el Oeste avanzaba en colores. No se trata de un metáfora sobre la felicidad, en sus palabras están todos los problemas que los colores también implican. Uno ha leído y escuchado historias del muro, la mayoría de nosotros ha sido contemporáneo a su existencia, pero creo que no hay forma de darse una idea de lo profundamente terrible y absurdo de aquella situación, no sólo en relación a la historia política, sino en cuanto a las historias particulares que cada persona afrontó de manera individual. A los que sí lo vivieron se les nota, en el discurso, en la mirada, en lo evasivo; de alguna manera se les nota.


Pensaba en todo esto en el U-Bahn volviendo de un día larguísimo. Había empezado con una visita al Sachsenhauser Memorial Camp, un ex campo de concentración que queda sólo a media hora de Berlín. No podría ahora entrar en ese tema, necesitaría mil horas de tipeo y otras tantas de correcciones, para poder empezar a procesar algo. Baste decir que me dejó física, mental y espiritualmente agotada. De a poco la información irá cayendo y seguro no llegará ni al uno por ciento de todo aquello. Al terminar la visita, como ahora, necesité cambiar de párrafo.

Así que ahí fui. Antes de volver a casa, para airearme fui al Mauerpark, un parque enorme al aire libre en el que los domingos hay feria, músicos, salchichas, puestos de venta de ropa usada, artesanos, panqueques de Nutella y un tipo que hace un karaoke que es un exitazo en un anfiteatrito al aire libre. El tipo revive el top 100 de todos los hits del mundo, y la gente, sin ninguna inhibición y con bastante cerveza encima, se manda al escenario a vivir su momento de alegría desafinada. Todo el mundo canta los estribillos, están contentos, ríen, comen, y ayer por suerte había sol. Una buena manera de cerrar un día áspero pero que, dado el vínculo que establecí con la ciudad, me resultaba necesario.

Estaba de nuevo en Postdamer Platz, en donde el primer día me encontré con el gigante de madera que entierra la cabeza en la base. Volví a mirar a través de sus dedos del pié. Los edificios seguían ahí, esta vez con luces encendidas, era de noche.

Tschüss!

Berlín me deja una sensación de intensidad, de pluralidad enorme. Agradezco haber pasado allí una semana. Es conocer menos otros lugares, pero un poco mejor uno. Es una ciudad que puede mirarse por capas, llena de memoria viva, en la que conviven libros de historia con titulares de último momento, todos en un mismo edificio, literalmente.

Un beso para todos,

Vera

pd, me puse seria, lo sé. Pero siempre existe en lo grave, aunque sea por contraste o por ausencia, la resonancia de lo agudo. Les escribo desde Venecia, a medianoche, sentada de patas cruzadas en una cama desde la cual veo a través de la ventana una de esas callecitas finitas, preciosas, levemente iluminadas que tiene esta ciudad. Sé que estaré en Venecia por un solo día, y pienso, no exenta de cierta melancolía, qué lindo sería tomarme mañana una de esas góndolas, qué será del morocho aquel...






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