Lisboa

Hay un evento que llama la atención, por lo lejano y por lo presente. Si se está mínimamente atento, es algo de lo que uno va a enterarse más o menos enseguida. O lo escucha de alguien que hablando sobre otro tema lo menciona como detalle periférico, o lo lee en una placa señalada en algún muro. En 1755 en Lisboa un terremoto destruyó el ochenta por ciento de la ciudad. Hay carteles en varios lados que indican si un edificio fue construido antes del terremoto, o cómo, cuándo y quién lo reconstruyó. Cuentan que durante los seis minutos que duró, los que pudieron se acercaron a la costa porque ahí no se caía nada, y que cuarenta minutos después un maremoto gigante barrió en tres movimientos los pocos restos que habían quedado en pié. Durante los cinco días posteriores la ciudad ardió completamente en llamas.
Imagen
Hoy Lisboa es preciosa. Mirarla es ver plasmada la imagen que se tenía en la cabeza antes de conocerla. En los balcones de sus calles angostísimas con subidas y bajadas, cuelgan tendederos con ropa limpia, y en algunos se ven señoras vestidas de entrecasa, en chinelas u ojotas con medias, hablando con otras señoras acomodadas en el balcón de enfrente, o con alguna portuguesa que en la calle va con su bolsa del mercado. Hablan un portugués inaccesible, redondo, cerrado. Es un idioma de caricatura. Como ellas: quedan preciosas apoyadas en las barandas de sus balcones detrás de la ropa blanca.
Última canción de un viaje
Fui a escuchar fado. Pero no de cantantes y micrófonos, sino el de la gente de la ciudad que los sábados va a Alfama, a los restaurantes y a los bares, a pedirle a dos guitarristas (guitarra común y guitarra portuguesa) que toquen tal fado en tal tono. El dueño del pequeño local en el que caí, un gordo portugués y bigotudo, me metió en el restaurante sin preguntarme demasiado, me sentó en una mesa, definió rápidamente el menú, primer plato caldo verde, de segundo bacalao, y sanseacabó con la senhorina, se volvió derecho a la puerta a meter más gente que pasara por la calle antes que él mismo abriera el cancionero con la primera vuelta. El local estaba llenísimo, había olor a comida, a tabaco y mucho ruido; y los primeros acordes que sonaron trajeron un poco de silencio que el gordo terminó de instalar cuando arrancó con sus cuatro fados. Lo siguieron los locales, que fueron saliendo a cantar de a uno, algunos mejor, otros peor, afinados y desafinados como en todos lados.
A la salida por Alfama podía escucharse de vez en cuando un grito un poco desgarbado que salía de algún local, al ratito otro de una ventana, y luego otro por allá adelante. Parecían llamadas que iban definiendo el camino que sin rumbo decidí tomar a la salida del restaurante. Los portugueses le dan al fado, con el cuerpo se hacen cargo. La velada de esa noche podría compararse con alguna salida de milonga a Barracas Sur. Es una suerte que siga habiendo auténticos winkos de púa y discos de pasta en los rincones de ciertas bellas ciudades portuarias.
Final
Fin de las bitácoras. Resta un tiempo de trabajo en Viena, la excusa que me trajo por Europa. Con tanto periplo en soledad, este folletín de viaje resultó un marco de referencia, un diálogo -concreto con algunos, silencioso con otros-, pero un intercambio al fin. El momento de escribir devolvía algo de la intimidad perdida entre tanto estímulo externo. Y así como corporalmente el viaje fue enteramente mío, tal vez para alguno haya sido propio durante los cinco minutos que duraba la lectura. Hubo quienes reclamaron raciones diarias; teniendo en cuenta la eterna fiaca inicial que aparece al momento de sentarse frente al documento en blanco, el pedido resultó bien útil: me llevaba a poner el culo en la silla, los dedos en el teclado, y sobre todo la cabeza y la memoria en marcha. Hubo respuestas generosas, emoticones cómplices y silencios de papelera; de todo. Lo que sea que fuere, les agradezco el permiso que me han dado para meterme de prepo en sus casillas, en esta invasión de palabras, tal vez un choclo más de esta mina que encima que viaja se relame para afuera de su suerte. Pienso, más allá de lo evidente, suerte es poder escribirlas. Suerte es también poder escribir, sencillamente, aún cuando uno se queda en casa. No sé, al final la suerte es una cosa rara.
El año pasado las hice sin fotos, sigo convencida que deben ser así. Lo del blog fue una prueba que tiene más que ver con asuntos de trabajo, y aunque las fotos hubieran sido más y mejores (soy consciente de lo paupérrimo de la producción), la idea inicial no va para ese lado. Las bitácoras empezaron como una manera de retomar el contacto directo con las palabras, aprovecharlas como el perfecto canal que son para que imaginemos sin escalas las cosas, tal vez como yo misma imagino que se hacía antes; hoy, entre tantas imágenes presentes, a veces a las pobres las dejamos un poco olvidadas.
Quién sabe si habrá más viajes, sea mío, sea de alguno de ustedes. De todo corazón y todavía sin llegar al puerto, no puedo menos que desearles que algún viaje les suceda, de afuera, de adentro, pero un viaje. Y si en una de esas andan pasando por un momento de terremoto, de maremoto, o incluso de cinco días completos en llamas, recuerden aunque no la hayan visto a una ciudad como Lisboa, que por más que tenga siempre aquel viejo dolor presente, sigue siendo una ciudad enormemente hermosa.
Con cariño,
Vera

(Capítulo dedicado a mi amigo Pablito, con el corazón en la mano.)


Las callecitas de Alfama.


Escuchando fado en el restaurante del gordo de bigotes .




Esto es lo que se ve desde la puerta de la ciudad, el agua.




La sección moderna de la ciudad, llena de construcciones nuevas hechas para la expo del 98.
Hoy es una parte muy activa en la vida de Lisboa, con un oceanario como pocos hay en el mundo.


El agua está por todos lados: edificios con forma de barcos.






Bonus videos.

Oceanario de Lisboa.
Todo esto a un vidrio de distancia.
Impresionante.

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Nutria coqueta y divertidísima.

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Ella, sigue retozándose.
Nos cagábamos de risa todos al verla.
Pareciera que es consciente de eso.


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