Siena

Sexta parte.
A esta altura
Tuve que hacer el esfuerzo de levantarme. Florencia me dejó exhausta, con poco tiempo para digerirla, pero quería ir a Siena. Al final fue una suerte que varias de las chicas de la habitación roncaran; si bien la noche fue tortuosa, la sinfonía terminó por despertarme para llegar a tiempo. Estaba temprano en la estación, con un humor maldormido, pero de pié para tomar el tren en hora.
La noche anterior me había dicho, voy. No importa que esté cansada, que me duelan los pies, que a esta altura tenga poca capacidad de absorción, que necesite una pausa para procesar todo; vale la pena, dicen que Siena…
Dicen bien. Al entrar a la parte histórica ya no se ven más autos, está prohibido acceder de otra manera que no sea a pie, aunque de vez en cuando se cuele alguna moto, cosa que a los italianos parece encantarles (así como los berlineses se mueven silenciosos en sus bicicletas, estos recuerdan a montones de Nani Moretti andando con sus motos, haciendo ruido en la ciudad). Decidí entrar sin mapa. Lo único bueno de que haya tal cantidad de turistas, es que si uno anda medio perdido, basta meterse como un pez en alguno de los cardúmenes, y seguro se llega a un puerto de referencia. En el centro tampoco es conveniente mirar a los costados, tiene algo de mercado persa, a cada paso se puede comprar cosas de cualquier rubro, en especial gastronómico. Así que mejor mirar para arriba. Ahí la arquitectura devuelve todo lo el presente quita, es una ciudad medieval y, jugando un poco, es posible imaginarse cómo podría haber sido caminar por esas calles hace varios siglos. Una arcada en una callejuela dejaba ver una explanada que se extendía más allá. Bajando unas escaleras me fui acercando y llegué a Il Campo, un centro municipal desde donde se organizaba la vida de la ciudad. El color del paisaje lleva su nombre, es realmente algo muy bello.
Con tanto turista suelto el paso se estaba haciendo lento, pero de todos modos quería ver la catedral. Para mi enorme sorpresa, y alimentando un fastidio que no podía terminar de quitarme, la entrada es paga. A la mañana, entre los ronquidos y el apuro, me había olvidado de cargar mi billetera y salido con lo justo. Esto terminó de ponerme de un humor perruno. En todas las catedrales cobran los “servicios extra” (subir a la cúpula, visitar los tesoros eclesiásticos medievales) pero en ninguna me había pasado que simplemente para entrar salpiquen el nombre de dios a diez euros por persona. Separando lo necesario para volver a dormir a Florencia, me quedaban en total once euros. Pero ya estaba ahí, había ido por un día, quién sabe si alguna vez en la vida vuelva a Siena.
Adentro de la catedral, el paisaje y el humor comenzaron el giro necesario. Mármoles, piedras, paredes, esculturas, techos, pisos… no había punto de vista desde el cual no valga la pena mirarla. Salí bastante impactada, y cuando ya el sol de daba nuevo en la cara, vi el Punto Panorámico. Me acerqué, pero un cartelito en la puerta avisaba que la entrada valía seis euros. Antes que tuviera tiempo de nublarme de nuevo, una empleada me hizo señas: si tenía el ticket de la iglesia, el Panorámico estaba incluido. Se lo mostré y subí.
Se sube en grupos de veinte personas, es lo que soporta la viejísima estructura sobre la que está montado. Se asciende por una escalera interior caracol altísima y muy angosta. Pasando una puertita, el aire. Y alrededor, Siena. Techos, techos y más techos rojos, y después con la vista había que ir un poquito más allá, porque más allá el paisaje ya no tiene casas, el territorio es ondulado, con suaves elevaciones y hundimientos, y forma un mar de sol y sombras que se extiende por donde se mire. Fue en ese momento que algo ahí arriba descendió, como si el alma me bajara de golpe a tierra y pudiera volver a respirar tranquila. Sabía perfectamente que tenía un solo euro en el bolsillo, que todavía me faltaba un camino largo hasta la estación, que por la cantidad de gente iba a llegar tardísimo a Florencia y que tendría que resolver con ronquidos y a oscuras el bolso para la partida del día siguiente. Pero la verdad a esa altura no me importaba. Estaba segura que durante todos los minutos que me quedara ahí arriba, no me iba a faltar nada.
Desde Paris, un cariño grande,
Vera






Comentarios

  1. Por fin puedo comentarle algo señora viajera! Un placer leerla, como siempre. Acá la esperamos con los brazos abiertos. Cariños, Caro (ah! esta dirección es la de mi blog, con paciencia lo voy armando)

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