La casa del distrito noveno

Querida Manuelita, cómo estás. 

      Te escribo todavía desde Viena. Acabo de volver a lo de Herr Schmidtt caminando por el Stadtpark, un precioso parque en el distrito primero. Mientras venía observaba el lago que, como un espejo, refleja las copas de los árboles. Sus hojas muertas caían a mi paso, entre amarillas y rojas, y el suelo parecía estar cubierto con una alfombra dorada. El otoño le cambia el aspecto a Viena todos los días, como un pintor caprichoso agrega y quita colores diariamente en un gastado lienzo.

    Querida amiga, ¿sabes de dónde estoy volviendo? Tal vez escribirlo y ponerlo en palabras alivie mis turbios pensamientos… Luego de los festejos durante el concierto de Loretta, Herr Schmidtt continuó durmiendo tres días seguidos, no hubo manera de despertarlo. Tanto fue así que su situación comenzó a preocuparme, y acudí en busca de ayuda. Me habían hablado de cierto doctor que vivió hace un tiempo aquí, en Viena, de modo que me dirigí directamente a su casa en el distrito noveno.

     Oh, Manuelita, la de descubrimientos que ha hecho este famoso científico. Parece ser que, aunque nos neguemos a creerlo, no somos enteramente dueños de nuestros propios actos. Ya al entrar, sentada en la antesala, rodeada de diplomas y de un tendal de cuadros que ilustran temas mitológicos, comencé a escuchar lejanamente una pregunta inquietante que se hacía cada vez más clara: ¿y si en realidad lo que encuentro aquí no es exactamente lo que vengo a buscar? Querida amiga, tú te reirás, pero no podía evitar pensar todo eso, y un ridículo temor comenzó a carcomerme… Por suerte, una voz cálida y amable me invitó a pasar a la sala contigua y no dejó lugar para que continuara con estos oscuros pensamientos; una camilla pequeña y confortable me estaba esperando. Me recosté allí y, casi sin buscarlo ni quererlo, me solté completamente de palabra. ¡Ay amiga! Me escuché decir cosas que jamás habría imaginado (y que te ruego que no repitas nunca): me pregunté si Tía Elena no será en realidad mi madre; si no estaré somatizando tanto alegrías como penas, si no habré reprimido cada trauma a lo largo de mi vida; si mis ganas de irme de allí y no volver no serían nada más que resistencias; si en realidad en vez de buscar marido no valdría más matar a mi madre y casarme con mi propio padre… ¡Ay, Manuela, esto último terminó de desbordarme, qué susto enorme he corrido en aquel consultorio! Como escapando de un monstruo, salí disparada del cuartillo de esa casa en el distrito noveno, no me daban las piernas para alejarme lo suficiente, y sólo el otoño del Stadtpark logró calmar mis pensamientos que recién ahora, lentamente, vuelven a su cauce. Acabo de entrar a lo de Herr Schmidtt, ya sin taquicardia, y me alegra encontrarlo todavía dormido. Prefiero no despertarlo mientras hurgo en mí la calma. Escucho que Schmidtt está hablando entresueños. Pese a mi estado delicado me pregunto si necesitará algo... me acercaré a él sigilosamente, sin despertarlo, a ver si logro interpretarlo…

     Amiga, Viena es más profunda de lo que jamás pude haber imaginado. Aquí laten los sueños visionarios de ilustres incomprendidos de otras épocas, se alojan en la memoria de su gente, y no siempre se muestran de manera palpable. Algo oscuro intuyo por primera vez en mi vida pero, pese al miedo, no me queda más que continuar el viaje. Aquí estoy, Manuela mía, como una barca...

    Por favor, cuando puedas, cuéntame más acerca de tía Elena, si continúa con el tratamiento propuesto, o si han decidido renunciar a todo intento, e integrar el grano aquel al resto de su cara.


      Tuya,



                                                                                                             Isabella





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* * Fotoboutique editorial * *

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Berggasse 19, 1090 Wien. Aquí vivió y atendió Freud largos años, en la época más productiva de su vida.


La antesala del consultorio de Freud, única parte de la casa/museo que se conserva tal cual era.


 Otoño en Viena. Hojas doradas por todos lados.

"... el otoño se reflejaba en el lago..."

La ciudad entera se refleja en el lago.

Stadtpark. Isabella nos mira, cómplice, en un momento de calma.

Comentarios

  1. Ay, Isabella, si pudiera encontrarme contigo en Stadtpark en un rato..., qué bien la pasaríamos. Esos patos son inspiradores, tendría tantas sobre las que conversar!
    Mientras tanto aquí te espero, un abrazo muy apretado.
    Loretta

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  2. Loretta mía, cómo me alegra leerte, eso indica que te has recuperado de la enorme entrega espiritual de aquel concierto. ¡Claro que sería lindo encontrarnos aquí! Ya lo haremos, verás... mientras tanto, te recuerdo mirando el Danubio, sé que eso te llenará de alegría. Tuya, como siempre, desde esta parte (casi al este) del Viejo Mundo, tu Isabella.

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