La aduana

La conchuda me miró con ojos grises y gastados, ojos de empleada administrativa que aún goza con placer y cierta furia del poder que le otorga su puesto. No era el mejor momento para enfrentarla. Había salido veinte horas antes de Buenos Aires y todavía me faltaba un trecho de cinco para llegar a destino. Estaba cansadísima. Por primera vez hice un viaje a Europa saliendo de Aeroparque, lo que generó un pequeño inconveniente: pensé que habría un puesto de Havanna antes de hacer el check-in. Pero no, recién podría comprarlos en el free shop, una vez despachada la valija, y tendría que cargarlos conmigo todo el viaje. Lo único bueno de comprarlos ahí fue que al lado del montón de cajas de alfajores había un Chimbote –solo uno- que parecía iluminado. Me vino genial: quería llevarle algo lindo a Therese, la mujer que me hospeda en Viena, y me pareció el regalo perfecto: dulce, autóctono, medio kilo para ella sola. Como estaba en frasco de vidrio, de paso confirmé lo que siempre sospeché detrás del cartón naranja: su color es un poco más claro que el resto de los dulce de leches. Estaba buenísimo.

Así que cargué la bolsa en San Pablo, primer conexión, y Lisboa, por donde entré a Europa. En los controles me despejé de lo que tenía -zapatos, reloj, compu, mochila-, metí todo en canastos, y pasé por los Rayos X con los que la UE te da la bienvenida. No sonó ninguna alarma. 

Pero…

Después de mirar por la pantalla (que probablemente le mostró desde las costuras de mis bombachas hasta el calcio que me falta en los huesos) la conchuda de ojos grises me frenó y, en portugués mezclado con un inglés imposible me pidió la bolsa del free shop. Fue directo al dulce de leche, lo  miró como si fuera una bomba, seguía hablando como si cacareara. Yo iba entendiendo de a gotas, y en la medida que comprendía, más que nada por su tono y mi Chimbote en su mano, iba prefiriendo no entender. “Isso fica acá… debi ter bolsa transparente… the bag, anderstan? así nao é permitido pra entrar aquim…”. Excitada consigo misma, abrió también mi mochila y siguió sacando cosas. Osé discutirle pero en su respuesta administrativa -“¿querí que expliqui di novo? tein qui ter bolsa transparente… free shopi… ¿queri voltar a na aduana?”- yo empecé a escuchar el goce de su amenaza. Dejé de resistir: en total inferioridad de condiciones, todavía tenía unos Havanna que perder si me ponía terca. Quiso la suerte que la mujer cacareante los dejara –quién sabe por qué- de lado. Estaba a los picotazos, muy enojada. 

Me fui puteando y, mientras caminaba, como un zoom alejaba la vista del Chimbote que quedaba ahí, paradito donde termina el mostrador, al lado de un guarda pelirrojo que alcanzó a ver cómo se me derretía la cara de bronca, y se me caía una lágrima de un dulce de leche muy amargo, para que fuera comido por quién sabe quién, en un entreturno de quién sabe cuándo, en el aeropuerto de Lisboa.








pd, recién llegada a Viena y cansadísima, este primer post va sin fotos. Sólo muestro el modelo exacto de lo que traía conmigo, snif...

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