Andiamo?

Siguiente destino: Roma. No hay tren directo desde Varese, tengo que pasar por Milano. El tema conexiones, trenes, vuelos, arribos y partidas siempre significa un extra de tensión que nunca aprendí a manejar del todo bien, pero -obvio- hacia allí me mando. El primer tren me deja en Repubblica, una estación subterránea, desde donde tengo que salir al exterior y caminar trescientos metros hasta Milano Centrale, la terminal más importante de la ciudad.

Nunca había estado en Milan. Queda un hora hasta que parta mi tren. Salgo a la superficie, lo primero que veo son las bicicletas. Este sistema de transporte ya está desparramado por toda Europa, no hay ciudad que no lo haya desarrollado adecuándolo a la estética y necesidades propias. Se sabe, la sustentabilidad es el último grito de la humanidad. Igual, algo en esta versión me llama la atención, y al rato lo identifico: ¡las bicicletas de los milaneses son igualitas a las Vespa! Las construyeron a su imagen y semejanza, el look es más moto que bici, el manubrio está como enfundado en hierro, una especie de bici-VIP, llena de cambios y accesorios. Benvenuta a Milano, pienso.

Llego a la estación. En la terminal, llena de negocios de moda, pongo el foco rápidamente en el área de servicios, en donde encuentro una "offerta speciale" inigualable: un pichín = un euro. ¡Mamma mía! En el mercado blue de la city porteña se estaría cotizando el meo a diez euros, pienso. Mejor no pienso. En lo que respecta al baño, más allá del precio, hay que admitir que invitaba, lustradito, impecable.

Me quedan cuarenta minutos. Busco en la gran pantalla el Binario (andén) que le corresponde a mi Frecciarossa, el rápido a Roma. Todavía nada. Tengo hambre. Al fondo del edificio un cartelito chiquito iluminado me llama: pizza. "Que oltra cosa puo fare?" pienso en mi italiano trucho. Una margherita con salami y un acqua minerale, cincue euro. ¡Alla Madonna! Ma va benne, tengo hambre.

Como en tierra ajena nunca estoy del todo segura con los tiempos y distancias, voy terminando la porción mientras me dirijo a la zona de la gran pantalla. Mochila, bolso, maleta y pizza. Engancho el acqua minerale en la manijita del bolso. Me siento un equeco. Encima tengo puesta una campera que me compré en el Mercadini de usadi de Varese, toda fosforescente e inflada. Una auténtica exponente de la alta moda clase turista, inconfundible. Ya puedo leer el número de binario desde donde sale mi treno: 13.

Entro y me siento en mi butaquita. Faltan 15 minutos para partir. Para mi sorpresa, wi-fi gratis. Qué mejor que ponerme a escribir un poco, repasar ese par de detalles que construyeron mi breve experiencia milanesa de una hora. Una voz en italiano dice que el treno está a punto de partir a Roma. Enciendo la tablet y el teclado. Ya no falta ni un minuto. Arranca el tren. Comienzo a escribir mi relato.


Desciende la velocidad, llegando a Roma estamos casi en punto cero. Veo cómo los pasajeros se levantan de sus asientos. Apuro estas palabras como quien apura un trago para intentar postear esto antes de arribar a Termini. Escribo esta ultima oración mientras el tren se detiene. Un éxito.



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